¿Por qué a veces nos resulta tan difícil tomar decisiones?

     Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos tenido que elegir entre dos o más opciones, conscientes o no de que sus consecuencias y muchas veces abrumados por la incertidumbre nos aventuramos a una opción. En la toma de decisiones influyen muchos factores, como son, las emociones, el conocimiento que tengamos sobre las opciones, las consecuencias que acarreen y los resultados (positivos o negativos) que cada elección traiga. Ahora bien, yo me pregunto: ¿decidimos mejor con poca información? ¿Cuántas más opciones mejor será el resultado de nuestra elección?

En un experimento realizado por investigadores alemanes, reunieron a veinticuatro personas para ver qué contestaban en la siguiente pregunta: ¿qué ciudad tiene más habitantes, Detroit o Milwaukee? ¿Cuál crees tú que es la respuesta?

En ciudadanos estadounidenses el 60% contestó ‘Detroit’ (que es la respuesta correcta), mientras que un 40% se decantó por Milwaukee. Sin embargo, en ciudadanos alemanes, que poco sabían sobre Detroit o Milwaukee, a la misma pregunta contestaron más del 90% ‘Detroit’. ¿Sorprendente? Aquí aplicamos una regla muy sencilla ‘heurísticos de reconocimiento’, es decir, “escoge lo que conozcas”. El conocimiento parcial sobre algo puede sernos útil para elegir, los alemanes habían oído hablar de Detroit pero no de Milwaukee, por eso eligieron Detroit.

Otro dato curioso es el extraído por Tversky y Kahneman, ellos desarrollaron la “Teoría de las Perspectivas” en la que afirman que los seres humanos pensamos en los riesgos de perder de manera distinta a como consideramos los riesgos de ganar. En otras palabras, las pérdidas tienen para nosotros el doble de carga emocional que las ganancias, es por ello que tenemos en cuenta cuánto perderemos en cada una de nuestras elecciones.

Por otra parte, en la década de los 60, Wason habló del “sesgo de confirmación” para explicar que buscamos y prestamos especial atención a la información que apoya nuestras ideas, de hecho tendemos a elegir aquella opción que mejor se adapte a nuestras creencias.

No obstante, elegir lo que conocemos puede servirnos a diario para elegir qué ropa ponernos para salir de casa o qué sabor de helado comprar. Además, calcular la pérdida que nos produce puede llegar a ser adaptativo. El problema viene cuando la decisión que hemos de tomar nos implica directamente y puede cambiar todo el rumbo de nuestra vida, por ejemplo, mudarnos a otra ciudad o elegir estudiar una u otra cosa; es en este tipo de decisiones donde tenemos que analizar cada una de las opciones con lupa, teniendo en cuenta nuestras preferencias, la carga emocional que nos produce y los costes y beneficios personales puede ser bastante estresante.

Por todo ello, debemos tener en cuenta el Modelo de Toma de Decisiones (D´Zurilla y Goldfried) a la hora de elegir uno u otro camino. Considerando dos dimensiones: orientación al problema y resolución de problemas.

Respecto a la primera dimensión, podemos orientarnos al problema de forma positiva o de forma negativa. En la primera, se ven los problemas como retos, se es optimista en el sentido de que los problemas tienen solución percibiéndose como capaz y dispuesto en invertir tiempo y esfuerzo en la solución. En la otra cara de la moneda, ver los problemas de forma negativa implica percibirlos como amenazas, creer que son irresolubles, dudar de la propia habilidad para solucionarlos y estresarse cuando se encuentran frente a un problema. Pregúntate a ti mismo, ¿cómo te sueles orientar hacia el problema? Has de saber que es sumamente importante una orientación positiva ya que nos empuja a enfrentarnos al problema y no a evitarlo, negarlo o huir de él..

En cuanto a la resolución de problemas, los pasos que se nombran a continuación representan una guía que puede ayudar:

  1. Orientarse hacia el problema: Como hemos dicho, la orientación puede ser positiva o negativa, pero para que sea positiva debemos orientarnos no hacia la historia del problema o hacia otras personas, sino hacia el problema, entrar al mismo tal y como está planteado ahora.
  2. Definición y formulación del problema: El problema es lo que uno tiene, no echarle la culpa a otro. La definición tiene que ayudar a buscar la solución viable. Una vez tengamos estos dos primeros pasos hechos tenemos el 50% del problema solucionado.
  3. Generar alternativas: Con una lluvia de ideas (brainstorming), no limitándose (no juzgar) teniendo la mente abierta a cualquier cosa que ocurra. Se van amontonando las ideas.
  4. Toma de decisiones: Ver los pros y los contras, valorar las ideas alternativas. Hasta quedarnos con una.
  5. Verificación: Poner en marcha decisión tomada. Si no funciona, se vuelve al punto tres y cuatro.

 

Recuerda, toda decisión que tomes llevará consigo unas consecuencias que has de tener en cuenta a la hora de barajar las posibilidades, si actualmente sientes inseguridades o problemas para decidirte prueba esta técnica, es una buena herramienta a tener en cuenta.


LPC

 

 

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